Se viene otra campaña fuerte de arándano y tú lo sabes antes que nadie: no alcanzan los cosecheros. Cada fundo está peleando por los mismos, los buenos se van donde pagan mejor y tratan mejor, y tienes lotes que entran en punto todos a la vez. Yo llevo viendo este panorama armarse desde hace años, y quiero contarte cómo, aunque no puedas clonar gente, sí hay algo que depende enteramente de ti.
Empecé mi vida profesional en 2012, en una ciudad del norte llamada Chepén, en el valle Jequetepeque —zona arrocera de toda la vida. En esos años la agroindustria por acá casi no existía; lo fuerte estaba más al sur, con proyectos ya asentados. Cuando las primeras empresas empezaron a necesitar personal, la gente de la zona no las miraba con muy buenos ojos. Estaban acostumbrados al jornal por tarea: cobrabas el mismo día, sin planilla, sin ningún descuento. La empresa formal traía la AFP, el seguro, y muchos decían “yo no quiero que me descuenten, quiero el íntegro”. Del seguro tampoco hacían mucho caso: “para qué, si con el hospital es suficiente”, pensaban entonces.
Y fue con el riego tecnificado que el desierto se empezó a poner verde: tierras que antes eran áridas empezaron a producir, y lo que pegó fuerte primero fue la palta. La gente se fue pasando la voz —que el trabajo era más tranquilo, que valía la pena— y se fueron animando. Con el tiempo, llegaron más empresas, se instalaron fundo tras fundo. En Olmos, departamento de Lambayeque, por ejemplo, los fundos están uno a continuación de otro, y buena parte de la cosecha cae casi en paralelo. Recuerdo que en una temporada de uva se tuvo que traer gente desde Ica, porque decían que allá tenían más habilidad para cosechar sin maltratar la fruta —y manejaban buen avance.
Con la aparición del arándano, las cosas cambiaron radicalmente. Ahí fue cuando se afianzó el pago por rendimiento, o por destajo: mientras más avanzabas, más cobrabas. Pero eso trajo lo suyo. Algunos, por llenar la jaba más rápido, cosechaban fruta que todavía estaba verde, demasiado pequeña —y la empresa se quedaba después con un problema de calidad. Por eso empezaron a tomar un rol importante áreas que antes casi no existían: calidad, sanidad, riego, hasta laboratorio. El campo dejó de ser una sola área para volverse varias, cada una cuidando su parte. Y no bastaba con pagar bien: si una empresa convocaba gente pero no tenía fruta suficiente esa semana, el trabajador cobraba menos por rendimiento, y se iba donde sí hubiera fruta. Entonces llegaron los bonos por asistencia perfecta, los bonos por meta, los eventos de inicio y cierre de campaña con sorteos, para que la gente sintiera que era parte de algo, no solo un jornal más. Y aun así, no siempre es el sueldo lo que retiene. He visto trabajadores quedarse en un fundo que paga algo menos, solo porque ahí hay agua potable a la mano, un baño cerca, un capataz que trata bien. Y he visto también lo contrario. Es diverso —cada quien decide a su manera.
Con los años entendí, además, que el mismo campo lo mira cada área de manera distinta. El de RR.HH. mira cuánta gente tiene y cuántas horas hizo cada uno, para poder pagarle bien. Las certificadoras que trabajan con clientes del extranjero miran si hay agua potable, si hay baño, si se respeta el descanso, es decir, condiciones favorables para el trabajador. El de producción —el área de acopio, como le dicen algunos— vive pendiente de cuánto rindió cada lote y cada actividad, si la curva va a la meta o no, y qué lote toca cosechar mañana según los días de carencia que dejó la última aplicación. Finanzas mira, sobre todo, el costo por kilo. El área comercial, por su parte, batalla por tener la información en línea y que se cumplan los despachos previstos. Todos ven el mismo campo, pero cada uno ve algo distinto. Y esa información, si no se registra bien, se pierde o llega tarde: durante años vi cómo el papel se pasaba a mano a un Excel, uno o dos días después, con error incluido, y si la computadora fallaba, se perdía todo. Por eso, cuando entra un sistema como el que ofrecemos en SARK, con tareo y asistencia registrados desde el celular en el mismo lote, incluso sin señal, la diferencia no es solo velocidad: es poder comparar lo que proyectaste contra lo que realmente pasó, y entender por qué un lote rindió menos que otro —si fue el químico que se aplicó, si fue la floración, si un huaico se llevó parte del terreno.
Pero eso no significa llegar con una fórmula única. Hace poco estuvimos en una empresa en Olmos que ya llevaba años puliendo su propio proceso —tenían su manera de hacer las cosas, y les funcionaba. Me preguntaron: “¿y tú qué propones?”. Mi trabajo ahí no fue imponer nada, sino entender lo que ya tenían funcionando y ver cómo se integraba con lo que nosotros ya habíamos construido. De ahí salieron las ideas que sí encajaban con lo suyo. Algo parecido nos pasó hace un par de años con la boleta de pago: un cliente nos contó que sus trabajadores desconfiaban del bono por rendimiento, veían un monto y no sabían cuántas unidades habían producido para llegar a ese número. El trabajador, aunque nadie se lo diga, más o menos sabe cuánto cosechó —y si el número no le cuadra, reclama, y reclama con razón. Nos pidieron algo simple: que la boleta mostrara también las unidades producidas ese día, no solo el pago.
Caso real (anonimizado)
Lo hicimos, y los reclamos bajaron a cero. Cuentas claras, menos problemas, gente contenta —sabe lo que está ganando, sabe lo que está haciendo.
Y con todo esto, hay algo que ningún sistema reemplaza. La tecnología ayuda a que el dato sea justo, pero al trabajador lo retienes con trato: con agua en el lote, con un líder de cuadrilla que sabe tratar a la gente. El que se siente maltratado no viene a reclamarte —simplemente no vuelve al día siguiente, y aparece en el fundo del costado.
No vas a clonar cosecheros. Pero si mides bien, pagas justo y tratas bien a la gente que ya tienes, cada jornal rinde más —y la próxima temporada, esa misma gente te busca a ti primero.
Piloto de 30 días
Entra a esta campaña viendo el rendimiento por trabajador y lote en tiempo real. Pruébalo sin compromiso en tu propio campo —sin imponerte nada, integrándonos a como ya trabajas.
Escríbenos por WhatsApp →